Mauricio Carmona Rivera

Reconocimientos Nacionales XVII Salones Regionales de Artistas (Virtuales) 17 SRA CENTRO OCCIDENTE

Proyecto: 

Expurgo (Edificio Mónaco)



La memoria y el olvido están indisolublemente ligados una a otro, […] la memoria no es sino otra forma del olvido y […] el olvido es una forma de memoria oculta.

Andreas Huyssen, En busca del futuro perdido El proyecto Expurgo (edificio Mónaco) surge en el marco de una invitación a participar en una mesa de trabajo convocada por el Museo Casa de la Memoria y la Alcaldía de Medellín a un grupo de artistas de la ciudad a mediados del año 2018, a raíz de la decisión unilateral de la anterior administración de demoler el Edificio Mónaco, propiedad que perteneciera al extinto capo del cartel de Medellín, Pablo Escobar, con la pretensión de destruir uno de los símbolos emblemáticos que han pervivido de aquel periodo de la violencia.

Para mí como individuo y artista participante, la mesa de trabajo se convirtió en un espacio para manifestar mi desacuerdo con esta decisión y plantear una discusión acerca de las políticas y los lugares de la memoria, precisamente en un momento histórico bastante complejo como el que atravesamos en el país, donde el gobierno de turno se ha empeñado en desvertebrar y deslegitimar las instituciones democráticas, socavando las bases del estado de derecho y la constitución misma, incurriendo en prácticas negacionistas mediante la cooptación de entidades como el Centro Nacional de Memoria Histórica ahora bajo la tutela de un historiador-funcionario carente de una ética acorde con la inmensa responsabilidad que implica hablar de la verdad, la reparación y el conflicto que ha marcado la historia del país, poniéndonos a los ciudadanos ante una amenaza totalitaria que hasta ahora ha logrado ser contrarrestada por la Corte Constitucional y otros organismos de control, que han garantizado el equilibrio de poderes y han respaldado los mandatos constitucionales.

En esta dirección, Expurgo (edificio Mónaco) se posiciona de forma crítica frente a estas determinaciones, en un país como Colombia que continúa una larga tradición de eliminación sistemática del pasado como mecanismo de ocultación de complejos fenómenos sociales, culturales y políticos. Desaparecer o destruir evidencias siempre ha sido una estrategia que resulta conveniente a la clase política y empresarial del país, que ha estado interesada en borrar los vínculos que en muchos casos aún existen con los carteles de la droga y los grupos criminales.

Una operación de marketing político a gran escala, que por medio de argumentos maniqueístas conllevó una aparentemente ingenua estrategia que pretendía contrarrestar la incontenible industria del entretenimiento, que a través de series de televisión y narco tours, han venido opacando la “imagen” de una ciudad que supuestamente ha dejado atrás su pasado violento, negando así la posibilidad de que estos vestigios de la ignominia se conviertan en espacios de reencuentro y resignificación simbólica, donde la sociedad se permita discutir abiertamente acerca de los acontecimientos del pasado y elaborar un duelo colectivo alrededor de aquella tragedia, como lo ha venido manifestando en reiteradas ocasiones el arquitecto e historiador Luis Fernando González Escobar, quien no solo cuestiona la eliminación de la materialidad patrimonial del paisaje urbano, sino que incluso plantea la importancia de pensar este legado como parte de una estética nardecó, manifiesta en las formas arquitectónicas, las prácticas cotidianas, la moda, la música, los cuerpos, incluso. Y enfatiza en los riesgos a los que nos enfrentamos como sociedad al destruir aquellos símbolos de la violencia, al recordarnos que sin lugar no hay memoria1.

Etimológicamente, la palabra expurgo (del lat. expurgare), hace referencia a limpiar o purificar, acepciones que si las analizamos desde las políticas de la memoria, poseen una inextricable relación con eliminar, censurar, suprimir, en este caso, una huella arqueológica de la violencia, un archivo vivo que desaparece para la ciudad y las futuras generaciones. Desde un punto de vista técnico, expurgar corresponde al proceso por medio del cual, se descarta material bibliográfico de una biblioteca, y en el caso del trabajo editorial, a la eliminación de ciertas partes de un texto previa a su publicación, generalmente por su inconveniencia.

El proyecto que se viene realizando por fases, comenzó con la instalación de un cartel de 44 x 2,5 metros en la terraza del inmueble, el cual se pudo observar durante la implosión del edificio el 22 de febrero de 2019, convirtiéndose de esta manera en un gesto tautológico, al inscribir una palabra sobre la superficie del edificio, cuyas múltiples connotaciones nos permiten reflexionar acerca de aquellas operaciones de expurgo, de un olvido planeado con el único fin de pacificar unas ruinas demasiado molestas e incómodas. A través de la participación en los 17 Salones Regionales (Virtuales), se plantea llevar esta obra efímera a un video, que reúna el material de archivo audiovisual capturado en los recorridos previos por el interior y el exterior del edificio, así como durante el momento de la implosión, el cual circulará por las plataformas virtuales de acuerdo a lo concertado con MinCultura.

La primera versión de la propuesta consistía en inscribir a gran escala la palabra, directamente sobre el concreto de la terraza del inmueble, que se realizaría perforando la losa por medio del uso de martillos demoledores neumáticos; un gesto que en sí mismo encarnaba una paradoja: la de destruir para recordar el olvido inminente, una tautología acerca de los entresijos de una memoria que es horadada en el que otrora fuera símbolo de ostentación y poder de Pablo Escobar, y que se erigía como una ruina en el corazón del sur de la ciudad. Una intervención que planteaba atravesar la quinta fachada de la estructura, como una manera de reflexionar acerca de la fragilidad de la ciudad, su materialidad y capacidad de resiliencia. Una última escritura condenada a desaparecer, a ser devorada por el fragor de la implosión que borró para siempre el perfil de este edificio alrededor del cual se han hilvanado tantas tragedias y mitos.

Una pregunta acerca de la ciudad contemporánea en relación con aquellos acontecimientos que ya no se quieren recordar, que desearíamos desaparecidos en la bruma del tiempo, sucesos nefastos que cambiaron el rumbo de la historia pero que tarde o temprano se tendrán que afrontar cómo última posibilidad, de encontrar otros caminos para pensar problemáticas sociales tan complejas.

1 Cf., Luis Fernando González Escobar, “Imposible de demoler”, en Revista Arcadia, No 155, Bogotá, 2018.

Fragmento del informe del artista