El territorio: las acciones y el lugar

Mirar, divagar, andar, recorrer, cartografiar el paisaje y la ciudad, han sido algunas de las temáticas constantes de los Laboratorios de Artes Visuales durante estos 10 años. El territorio es un concepto que permite englobar todos estos gestos que son objeto de estudio en las artes visuales y que, desde procesos de observación y devenir en el entorno, articulan y comprenden —como lo llamaría Lucy Lippard— “una compleja política de la naturaleza”. Esta exploración política se ocupa de lo multicultural y de las transversalidades que de ella se derivan desde el paisaje hasta las relaciones con la urbe, así como de señalar acciones artísticas interactivas que involucran a la comunidad y las conexiones que se establecen en espacios determinados. Es aquí, en este cruce, donde podemos pensar en la complejidad que, a través del territorio, se enuncia como una política compleja de la naturaleza.

Parte de estas relaciones pueden ser interpretadas como una suerte de sentimiento “nostálgico” que busca de nuevo establecer las conexiones con lo que nos identifica, lo que nos es propio: un volver, encontrar un lugar, habitar desde lo ‘natural’, lo urbano y sus convergencias o combinaciones. Esta impresión tiene un trasfondo que reflexiona sobre “la pérdida de raíces”, reflexión estrechamente ligada al lugar y a la manera como desde las prácticas que provienen del arte es posible generar o fortalecer formas de ejercer ciudadanía desde la relación con el entorno que visitamos, habitamos, recorremos, reflexionamos, invadimos o cartografiamos. Las experiencias y experimentaciones sobre el territorio tienen como objetivo implícito el reconocer el lugar y el reconocernos desde las múltiples manifestaciones que en el habitar edifican lo individual y lo colectivo.

RE-VISAR, RE-VISITAR

Los procesos creativos sobre el territorio como eje conceptual implican reflexionar sobre la mirada. El observar es una re-visión que permite elaborar y pensar el lugar que se habita en contextos que, pese a estar presentes y ser habitados, no necesariamente son reconocidos, son periferia, son lejanía. Las prácticas artísticas permiten conocer y hacer señalamientos sobre la posición de los participantes en el lugar específico y las relaciones que establecen con su entorno. En la teoría y la práctica, ese volver a ver, ese re-visitar, son herramientas indispensables en muchos laboratorios para establecer el dónde estamos y hacia a donde nos dirigimos desde la óptica del lugar que se habita o lo que nos habita, desde la identidad de lo individual hacia una idea de identidad expandida.

Desde la primera versión de los Laboratorios de Artes Visuales, en el año 2004, el territorio como espacio de intercambio multicultural ya estaba presente en las inquietudes de los coordinadores. En Villa de Leyva (Boyacá) se llevaron a cabo los Talleres Multiplicadores a cargo de la Fundación ANNA para el Intercambio Cultural. Este laboratorio parte de la premisa de recorrer los lugares y los contextos explorando posibles modificaciones de la mirada. De este modo, varias personas que incluso no hacían parte de los laboratorios, a partir de las acciones planteadas, intentaban ser apelados en la re-visión sobre las formas de percibir el entorno. El recorrido fue la estrategia fundamental para hacer estos señalamientos, para establecer relaciones entre lugar, emplazamiento, política, como una suerte de mapeo mental para reflexionar sobre las relaciones y la temporalidad de cada una de las prácticas que se derivaban de los laboratorios.

Para el 2010 se inicia el Laboratorio Agencia de Viajes, Travesías Urbanas, en Sincelejo (Sucre), dirigido por Diana Sánchez, Liliana Correa y Fernando Escobar, donde los recorridos urbanos fueron protagonistas y sus participantes tuvieron la posibilidad de ver su entorno cotidiano como turistas. Esta estrategia —tal vez con un poco de “desobediencia” en un sentido deconstructivista— permite aperturas hacia otras lecturas sobre eso que no se visibiliza por la costumbre. En esta suerte de viaje, los participantes reconocieron el entorno urbano de la región y expusieron los hallazgos de este descubrimiento en una muestra artística de los resultados del laboratorio.

Dentro de este tipo de lógica, en donde el recorrido, las relaciones políticas e incluso las preocupaciones ecológicas se convierten en eje fundamental, para el año 2010 y hasta el 2012, Jimena Andrade y Marco Moreno llevaron a cabo el Laboratorio Estrategias de Pertenencia, en Montería (Córdoba). En un principio se planteó el laboratorio como un reconocimiento de las relaciones interpersonales y de cómo estas afectan el contexto y las problemáticas sociales de Montería. Parte de la metodología consistía en puntualizar aspectos que parten de una relación con lo privado y desbordarlo a prácticas que intervienen en lo público, implementar herramientas como el mapeo para evaluar un estado del arte o re-pensar las implicaciones de las manifestaciones artísticas en un entorno específico y cómo estas prácticas se expresan y generan efectos en estos contextos.

En la segunda fase del Laboratorio Estrategias de Pertenencia, esta relación entre oralidad, cuerpo y espacio encuentra la colaboración activa de sus participantes, en la línea que integra el cuerpo y el espacio. Partir de las preguntas ¿dónde estoy? o ¿quién soy? intentan comprometerlos con una realidad social. Como enunciamos al principio de este eje (respecto al interés por trabajar sobre la identidad) parte de estas estrategias buscan y apelan a la “espacialización de la identidad y el enraizamiento: cuerpo, espacio, tiempo, el sistema-mundo y la subjetividad: interiorización de las vivencias en las situaciones de espacio-tiempo, y la construcción de la historia”.

De acuerdo a cada uno de los intereses, incluso formales, de los participantes, durante el proceso creativo se implementaron varias herramientas en estos recorridos: la fotografía, el dibujo, el video, el collage mapeaban en busca de llegar a esa idea de identidad revisitada.

Para el año 2012, el laboratorio se proyecta hacia las repercusiones de las exploraciones de los módulos anteriores en la comunidad local de Montería. Las implementaciones pedagógicas y las prácticas artísticas se articulan para trabajar, desde lo sensible, la dimensión política del territorio entendido desde los elementos que se han desarrollado durante las versiones anteriores. Colectivamente se trabaja sobre la creación de circuitos de circulación, el reconocimiento de diversas prácticas artísticas propias de la región y la búsqueda de apoyo de la empresa pública y privada en estos procesos culturales. En este sentido, la idea de dinamizar y fomentar los conocimientos que se producen al interior de la región, busca fortalecer los públicos, generar autonomía en los participantes y fomentar la colectividad y la colaboratividad “desde sus saberes y experiencias”.

Ese mismo año, en Inírida (Guainía), el Laboratorio Acciones Pedagógicas, del Colectivo Desván, también intenta propiciar revisiones sobre las relaciones de los participantes con el entorno y cómo a través de estas se activa una “nueva mirada” desde las acciones que se lleven a cabo. Como se ha visto, el ejercicio de la mirada en relación con el contexto funciona como herramienta de sensibilización desde el arte y la pedagogía. Estos recursos buscan implementar metodologías desde lo sensible que logren activar movilidades culturales encaminadas hacia la apropiación y transformación de contextos específicos.

En ambos laboratorios el objetivo fundamental es generar sentido de pertenencia y señalar vínculos con dinámicas que atraviesan la vida de los participantes, subrayando que las acciones artísticas “no son objetos cerrados sino que actúan como dispositivos y pueden transformarse en el transcurso del tiempo por ellos mismos, el entorno y/u otros individuos, construyendo así actividad cultural”. Esto se logra al estudiar, reflexionar, vincular y pensar el territorio desde la individualidad proyectada hacia lo colectivo.

Esta relación comunidad-colectividad genera señalamientos y gestos sobre las relaciones entre el sujeto, el territorio, sus problemáticas específicas y cómo pueden ser vinculadas en espacios de aprendizaje. En este caso, parte de la labor está mediada por una preocupación sobre entender ese entorno desde la ecología para, a través de ella, pensar y transformar la mirada de los participantes hacia los recursos que les son propios y que deben ser foco de conciencia colectiva.

EL PAISAJE Y EL MAPEO: RECONSTRUCCIÓN DE MEMORIA

El territorio implica pensar la tierra y lo que nos rodea y, a su vez, pensar la tierra implica pensar en el terreno, trazar mapas, explorar el lugar que ocupamos. Como dice Lippard, estas exploraciones pueden ser una “incitación a la medición, al trazado de barreras, de fronteras, de zonas y al despliegue de otros instrumentos de posesión”.

La necesidad presente en los laboratorios de establecer un diálogo entre la mirada y el reconocer está cruzada por la fuerte relación entre el arte y la vida. En esta dupla arte-vida, el recorrer se convierte y se entiende como un estado casi primigenio conducente al habitar. Este deambular es una forma de pensar el dibujo en el territorio, de ver los límites, evidenciar las fronteras pero, sobre todo, de empoderar el “acto de atravesar”, proyectar la “línea que atraviesa el espacio” y amplificar el “relato del espacio atravesado” y la manera como los media el concepto del tiempo.

Este “tiempo” no ha sido ajeno a las inquietudes de los laboratorios, y se manifiesta no sólo en ese deambular, sino en las transformaciones del paisaje, tanto urbano como natural, en puntos específicos, en líneas de recorrido, en territorios homogéneos que, como dice Careri, se transforman a lo largo del tiempo. Así, no solo la percepción y la mirada de y sobre los mismos afectan y transforman, sino que el habitar y edificar una “arquitectura”, no solo física sino sensible, acompaña estas narrativas y textos culturales.

Para el año 2006, Manuel Santana y Graciela Duarte realizaron en la Orinoquía, en Yopal, el Laboratorio La Práctica Artística. Entre lo Individual y lo Colectivo, en el que temáticas como el mapeo cultural, el reconocimiento de lo sensible, el entorno, la reconstrucción de la memoria como mecanismos de construcción artista-público y la relación espacio-obra, fueron parte del marco conceptual en el que se exploraban diversas manifestaciones desde el lugar. Desde la experiencia del entorno y el reconocimiento, el dibujo es una de las estrategias que se implementan para catalogar y revaluar la mirada sobre lo que rodea a los participantes y, al mismo tiempo, evidenciar cómo ciertas prácticas ideológicas del afuera, integradas en la región, edifican una naciente arquitectura de la mirada, de las narraciones y de la imagen que se inserta en la construcción cultural.

Estos textos culturales que se convierten en propios, hacen parte de un complejo tejido tratado en un módulo sobre “cultura local y mercado global”. Allí se desarrollan acciones para reconocer “múltiples apropiaciones e irrumpir espacios públicos y privados, que son registrados fotográficamente y presentados a manera de monas para coleccionar”.

Estas reflexiones sobre el concepto del recorrido quedaron plasmadas en dibujos, mapeos, registros fotográficos y experiencias complementadas gracias a la participación de la comunidad. De este modo, estos dispositivos fueron expandidos a jornadas de reflexión sobre la práctica del arte en la región y en esta interacción identificaron soluciones para implementar, fomentar y movilizar la producción artística local.

Como enuncia el subtítulo de este texto, parte importante de pensar el territorio es el caminar sobre los pasajes de la memoria. Entender cómo en la recuperación, en la excavación, en la oralidad de pequeñas y grandes historias de lo cotidiano, de lo ancestral e incluso de las costumbres se pueden construir y articular relaciones entre el cuerpo, el paisaje y la memoria.

Durante el 2007 y el 2008, Mario Opazo llevó cabo el Laboratorio Mirar, capturar, editar, emitir, en Villavicencio (Meta). Aquí, el pasado es entendido como una huella gestual que construye y edifica eso que llamamos territorio, pero que en este caso es visitado desde treinta relatos distintos: el borde, la frontera, lo que es propio, historias sobre el conflicto interno armado y cómo estas experiencias de la memoria y del territorio articulan una mirada expandida sobre el “paisaje”. Los treinta relatos de la película, dentro de la lógica del recorrido, llevan al espectador a adentrarse e ir pensando sobre los asuntos que ocupan a Opazo. En este recorrido, no solo físico sino sensorial, se explora —como ellos mismos lo enuncian— una “topografía” de los rostros y cómo a través de ellos protegemos la memoria, afianzamos nuestras raíces.

Desde esta misma lógica del paisaje expandido que puede resignificar y darle arraigo a lo propio usando las prácticas artísticas para tratar de cicatrizar las heridas y reparar desde lo sensible, durante el 2008, en los Montes de María (Sucre), el Colectivo Maldeojo indaga en el paisaje de la subregión. Teniendo en cuenta la realidad política y social, los laboratoristas fundamentan la propuesta partiendo del hecho de que Montes de María es una de las zonas más golpeadas por la disputa del territorio entre la guerrilla, el ejército y los grupos paramilitares. Estas pugnas han ocasionado rupturas en la relación de las comunidades con su entorno, con sus tradiciones y su identidad.

Este laboratorio nace de la imperante necesidad de interrogarse, reflexionar y señalar la transformación del paisaje, de crear ejercicios de memoria y revalorarlo. Así, no sólo las características morfológicas de la región son objeto de estudio, sino también las tipologías emocionales, desde las que se configura y asimila, de manera sensible, el territorio explorado. Contexto, acciones, reconstrucción, representación del paisaje por el imaginario colectivo de quienes lo exploran, son parte de los ejercicios planteados en miras a intervenir y tomar conciencia sobre el paisaje natural y el paisaje “ancestral” de un territorio en emergencia.

Para el año 2010, el Colectivo Estamos en Obra, en Boyacá, aborda la idea de paisaje y cómo este es entendido por cada uno de los participantes desde diversos rudimentos propios de las artes visuales. Ejercicios de mapeo, exploraciones sensibles sobre lo que significa el lugar y el paisaje, son las herramientas de investigación que se articulan en las tres bases de este laboratorio (Tunja, Duitama y Villa de Leyva). Esta idea de paisaje, lugar y búsqueda mental y de la memoria permite explorar las experiencias y las costumbres como parte del tejido complejo de trazos transversales de lo que entendemos por territorio y paisaje.

En ese sentido, el Laboratorio Pesca Profunda (Vichada), en 2010, surca, sensibiliza y potencia estas prácticas de lo cotidiano conducentes a dar sentido a las raíces, a la identidad propia de la región y sus afecciones sobre los habitantes. En este laboratorio se problematiza el concepto de frontera y se busca su proyección en un sentido trascendental. Aquí, la idea de “río” suscita múltiples gestos que parten desde la percepción individual hasta la comprensión de la transformación del hábitat. Todos estos gestos artísticos y reflexivos buscan fortalecer la identidad y, de manera formal, establecer con los participantes posibles formas de enunciación propias del arte, en las que el dibujo o la creación de objetos exploran estas cosmogonías y fomentan la reflexión artística sobre la preservación de ese imaginario colectivo.

Durante el 2011 y el 2012 se llevó a cabo en Pasto, Genoi, Mapachico y La Florida (Nariño) el Laboratorio Paisajes Activos, Territorios Vivos, a cargo de Miguel Kuan y Daniel Molina. La experiencia de este laboratorio parte del reconocimiento de la identidad propia de la región pues allí es posible encontrar gestos artísticos que son propios con medios expresivos diversos que recogen lo folclórico y donde, a partir de la creación colectiva, se exploran, se socializan y se fortalecen las formas simbólicas para comprender el concepto del territorio.

Algunas de las herramientas y temáticas que se trabajaron durante este laboratorio son los mapas mentales, la relación del objeto y el paisaje, paisajes narrativos y locales (encuentros con la oralidad y el entorno), recorridos, el cuerpo y la prótesis. Así, el resultado de diversas intervenciones sobre personajes imaginarios se concretaron en carnavales y acciones in situ. Estos personajes creados y reanimados al andar, al recorrer las rutas del municipio, resignifican la idea de paisaje y cuerpo, y transforman los imaginarios colectivos, actualizan mitologías y articulan diversas formas del quehacer artístico.

En el cierre de este laboratorio en el año 2012, los participantes dieron continuidad a los procesos, profundizaron aún más sobre los materiales y prácticas propias de la región, ampliaron el circuito del carnaval y las acciones donde socializaron los productos trabajados con la comunidad, evidenciando experiencias intangibles como el fortalecimiento de la identidad y la convergencia con las tradiciones culturales de la región.

De manera paralela, durante el 2012, en el Magdalena Medio, se realizó el Laboratorio Cuerpos Pensantes, Acciones Caminantes, a cargo de Adriana Rojas Pretel que, de manera similar al laboratorio de Nariño, buscaba generar posibles interpretaciones e interpelaciones sobre la idea de territorio y paisaje a partir de la experiencia sensible. Como hemos visto en la mayoría de los laboratorios, el mirar desde un adentro invierte la relación sobre la idea del paisaje en narraciones simbólicas sobre lo que nos rodea y sobre nuestra identidad en un entorno específico (enraizar). En este caso, varios de esos recorridos de reconocimiento sobre las regiones encontraron en los procesos escultóricos, insertados en el paisaje, relecturas de los municipios y sus espacios naturales o creados.

La relación de agua-tierra fue un eje para articular acciones e intervenciones que repasaban la cotidianidad de quienes trabajan la tierra y viven del trabajo en el río. La idea era tratar de traducir esta interacción cotidiana con el río en una apropiación simbólica que fue llamada Anfibios, una alusión poética a los habitantes de la región que deben vivir en ambos medios, en la tierra y en el agua. De este modo, dispositivos que van desde la instalación de una plataforma flotante sobre el río Magdalena, hasta un esténcil o un grafiti, se articulan para acompañar el concepto anfibio con el que se postula el laboratorio.

En todos los laboratorios hay una conexión que involucra el tiempo, el cuerpo, la memoria, el territorio, el observar, el recorrido, el deambular, aunque relevando los ejes de importancia sobre el dispositivo o discurso que se trabaja. Como hemos observado, en algunos se privilegia el entender y el reflexionar el espacio y el entorno desde ese enraizamiento; en otros, el recorrido se inserta como una herramienta creativa; en otros, el paisaje se transforma en una activación de lo político que se construye a partir del poner en común. Estas diferencias son, a la vez, similitudes que coexisten gracias a una importante producción de sentido en cada una de sus problemáticas, que se convierte en el eje fundamental de los laboratorios.

PRODUCCIÓN DE SENTIDO, ESPACIO PÚBLICO Y LA DERIVA

La experiencia estética (experimentar sobre lo sensible), los procesos creativos e investigativos y la reinserción de estos gestos en el espacio para dotarlos de un sentido revisado y concientizado, fundamentan el interés por plantear ejercicios sobre la comunicación intercultural. El marco de estos ejercicios está donde confluyen diversos movimientos y flujos propios de un lugar en su interacción con quienes le dan sentido a las reflexiones sobre el espacio público y el espacio afectado por una temporalidad que denominamos deriva.

En nuestra observación sobre los laboratorios, la práctica del arte sobre el lugar ha sido una constante que ha permeado los ejes principales de todos los programas, precisamente por ese carácter fundamental que parte del reconocimiento de las regiones y de su quehacer particular. De algún modo, hay una imperante necesidad de multiplicar los vínculos entre las regiones y las comunidades con sus saberes, y de invertir y problematizar las relaciones de poder hegemónicas.

Durante el año 2006, en Tunja (Boyacá) se lleva a cabo el Laboratorio Prácticas Artísticas Contemporáneas y Espacio Público, que en sus premisas intentaba reflexionar sobre la producción artística local en el espacio público. Esta preocupación abre la posibilidad de ampliar el laboratorio, más allá de la normatividad y las convenciones, a los usos y los otros discursos que se insertan en el espacio público, intentando incluir prácticas que eventualmente son “excluidas o silenciadas”.

Los laboratorios buscan, como dice Lippard, multiplicar los vínculos que conectan a los artistas marginales con comunidades y públicos participativos para que la idea de arte pase a ser parte del centro: “no de un centro elitista escondido de la visión pública, sino de un centro accesible en el que los y las participantes, sean atraídos desde todos los frentes del arte y de la vida”. Así, desde sus distintas prácticas, los laboratorios establecen la necesidad de integrar y reconocer manifestaciones artísticas y culturales no reconocidas como formas de arte en las regiones que habitan la periferia, para hacerlas parte activa de estos procesos de investigación-creación.

Dentro de las metodologías y los marcos teóricos propuestos en este laboratorio como una producción de sentido que parte de lo privado a lo público, se piensa en la idea del otro. En palabras de su coordinador, Fernando Escobar, para entender los supuestos históricos, contextuales, políticos y artísticos que han establecido el campo artístico actual, hay que incluir al otro y abordar su reflexión, su producción de sentido, sus estrategias y sus implicaciones políticas. En este rastreo Escobar considera básico el reconocimiento productivo de los flujos étnicos, ideológicos, tecnológicos y económicos que atraviesan la cotidianidad de los participantes, y “la problematización de la apropiación de otras materialidades distintas a las tradicionalmente artísticas”.

Sin embargo, esta producción de sentido no sólo se enmarca en un contexto específico del lugar, también usa como punto de referencia las tendencias y conceptos del arte de los últimos 50 años, donde la deconstrucción, el situacionismo, la deriva, el territorio, los espacios comunitarios, el arte de la tierra, entre otros, facilitan acciones directas sobre los lugares y sus protagonistas. A través de las relaciones afectivas, el deambular como construcción de sentido, el desplazamiento desde el mapeo, estas cartografías aportan e incorporan consideraciones y lecturas a prácticas antes no insertas dentro de los grandes discursos y las prácticas convencionales del arte.

Dentro de estas propuestas frecuentes, el Laboratorio Puentes, Viaductos y Minas, realizado en Antioquia por Víctor Muñoz durante los años 2011 y 2012, apunta a reconocer y afianzar esas metodologías que desde el entorno inmediato reflexionan sobre el objeto-espacio. Para comprender su relación con el lugar que habitan, los participantes interpretan las descripciones que hacen los medios de comunicación de lo que los rodea, la relación del espacio y los objetos a través del análisis de sistemas convencionales métricos, el recorrido y la visita como parte fundamental de los procesos, los agenciamientos creativos que pretenden señalar los intereses particulares sobre lo cotidiano, la discusión y el diálogo sobre las producciones artísticas, la relación de lo público y lo privado. Todas estas variables se convierten en las problemáticas de estudios y los estados del arte para comprender un entorno cotidiano que resulta novedoso y complejo.

Para la segunda parte de este laboratorio, y con los ejercicios previos, es posible observar las transformaciones en los participantes que, desde lo conceptual y lo formal, desarrollan estrategias para documentar, apreciar y recolectar material gráfico y audiovisual. Esta experiencia de observación se convierte, gracias a los mecanismos implementados, en un proceso de investigación que permite, desde la creación artística, generar líneas transversales y proyectos colaborativos que convergen en la relación del territorio, la comunidad y el espacio público.

Estas colaboraciones le permitieron a la comunidad emprender un camino hacia la apropiación y socialización de sus procesos a través de la gestión cultural. Estos procesos formativos que buscaron dar un sentido y visibilizar los productos culturales de las regiones desde las reflexiones sobre el territorio también se han manifestado en Casanare. Durante el 2011, el Colectivo Maski realiza el Laboratorio OCELOS. Periscopios y Territorios, donde se pretende ampliar los horizontes sobre la producción y la gestión de los artistas locales. Allí, el agenciamiento y la cooperación establecen un diálogo a partir de un proceso de investigación del reconocimiento entre las dinámicas propias del Casanare y las incidencias del uso y los sentidos sociales sobre el territorio.

Las exploraciones que integran otras posibilidades de entender el paisaje, la economía y las colonias territoriales se plantean de lo personal hacia lo colectivo. La recontextualización de dichas relaciones entre lo sensible, el lugar y la producción de sentido, permitieron la intervención sobre soportes gráficos y audiovisuales que, gracias a las tecnologías de la imagen, permiten visualizar mapas y rutas desde Google Maps y Google Earth. Todos estos insumos, materializados en productos artísticos, permitieron llevar a lugares públicos y al paisaje natural los gestos que desde lo bidimensional, el performance o el audiovisual concluían en una resignificación simbólica del territorio desde los diferentes flancos de esta experiencia.

La práctica sobre las tecnologías de la imagen, la memoria y la edificación de un sentido de lo colectivo en el territorio encuentra otro nicho en el 2011, en el Vaupés, en el Laboratorio A través de los otros realizado por Pilar Suescún. Allí se explora la imagen fotográfica —en tanto registro y soporte— para generar en los participantes la sensibilidad de construir una historia particular. En este caso lo más próximo que se explora es la familia: sus integrantes y sus vivencias tienen papel protagónico. El uso de cámaras fotográficas desechables propicia una conexión directa desde el medio hasta el concepto de “memoria” y el reconocimiento de lo que nos rodea. Este subrayar las aparentes “historias mínimas” que parten de lo cotidiano y lo más cercano, abre múltiples universos y amplía incluso el ejercicio fotográfico como registro hacia una expedición que permite recolectar y visibilizar relaciones inmediatas entre los círculos familiares y el territorio, sus costumbres y lo que se manifiesta de manera natural como propio.

La memoria y el lugar como foco de investigación sigue siendo pretexto de estudio y, para el año 2014, en Inírida (Guainía) se desarrolló el Laboratorio Pintura Mural y Reconocimiento Local, realizado por el Colectivo Milpa, donde se involucra a los jóvenes de la región en procesos de apropiación de la memoria colectiva ancestral y el uso de herramientas de expresión artística urbana.

En este caso, conocer Inírida implicó establecer el diálogo entre dos generaciones (la ancestral y la contemporánea). Desde la cosmogonía local revisitan los petroglifos de Coco Viejo y encuentran en prácticas como el grafiti y el mural un espacio para hacer habitar esas historias y fortalecer la identidad colectiva a partir de procesos creativos que involucran ese pasado con el presente indígena de la región. De este modo, el reconocimiento y el intercambio —como legado para las nuevas generaciones—, enfatizan ese tiempo en el que se conjugan pasado y presente, aportan significados al lugar que se habita y a las historias intangibles que construyen y edifican la idea de paisaje y tradición.

Esta recopilación sobre “el territorio: las acciones y el lugar” nos permite pensar que uno de los objetivos comunes en los laboratorios consiste en fortalecer un arte participativo y activo que de cuenta de las necesidades, sensaciones, afecciones y reflexiones de quiénes habitan las regiones.

Algunas inserciones sobre el territorio y la memoria tienen, en algunos casos, un enfoque hacia prácticas artísticas “contestatarias” que hacen señalamientos específicos sobre lo que aqueja esos contextos. Los procesos artísticos se convierten en un pretexto para entrar en un diálogo desde diversos dispositivos que gravitan entre el cuerpo, el espacio, el tiempo, la arquitectura o el paisaje. Dentro de estos saberes móviles lo único inmutable es la variabilidad y el reconocimiento de formas propias del arte que surgen en la especificidad de estos entornos. El perderse, el nomadismo, el errar (de errante, de caminante), la deriva, la nostalgia —en muchos casos contemplativa—, son formas de la mirada activa que se siente a sí misma desde el territorio.

Esta flexibilidad no solo se manifiesta en la manera como se enuncian los laboratorios y sus objetivos, sino que está presente en sus múltiples discursos y enfoques de investigación creativa. La revisión, la relectura, la resignificación, son expansiones, acontecimientos que desde lo individual se proyectan hacia lo colectivo y encuentran un “hogar/lugar”, un territorio que desde su pasado más ancestral hasta su contemporaneidad global nos hace ser territorio, paisaje y habitar desde él.

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