Cuerpo y entorno

El mejor medio para conocer el entorno es el cuerpo. A través de los diferentes órganos perceptivos el cuerpo reconoce lo que lo rodea y puede crear una imagen mental de las vivencias que recibe. De esta manera, los sentidos cumplen la función de un medio que detecta el espacio y lo convierte en información comprensible para el intelecto humano. Así, el cuerpo entiende los mensajes enviados por los fenómenos físicos del mundo que llegan hasta él en forma de sensaciones. Estas sensaciones permiten al cuerpo entender que el fuego quema, que debe abrigarse para el frío, que hay que adaptar los ojos a la luz o que en la oscuridad hay que usar otros sentidos para ubicarse. Cada sensación es una señal de información de la que el cuerpo aprende.

Algunos fenómenos al interior del cuerpo tienen que ver con elementos externos. El corazón palpita, el estómago suena cuando necesita comida, el tórax es una caja de resonancia para la respiración y la voz. La materialidad del cuerpo, además de emitir y recibir información, transforma los estímulos en forma de dolor o placer y esto, por lo general, está relacionado con lo que nos hace daño o nos beneficia.

Al percibir el entorno hemos encontrado que algunas sensaciones son más afines a nosotros, que preferimos ciertas texturas, olores, colores, formas, espacios. El contorno que nos rodea, el que llamamos piel, es un límite flexible que pierde y regenera sus células. Este órgano demarca la diferencia entre el yo y todo lo demás, lo separa del mundo y al mismo tiempo lo entera de lo que ocurre afuera.

Todos estos mensajes emitidos por el ambiente que rodea al individuo son lecciones corporales que forman un mapa mental del territorio circundante. Mientras más se experimenta el espacio más se reconoce un lugar, se memorizan caminos y se demarcan terrenos, hay un desplazamiento en el espacio y a través del tiempo.

Proyectar conscientemente la personalidad hacia el exterior, y tratar de comprender el ámbito que se habita, lleva a la construcción de nuevos valores dentro de una comunidad. En este sentido, la apropiación del espacio a través del cuerpo se vuelve no sólo un problema geográfico, sino político y pedagógico. El territorio circundante es un territorio ajeno que puede ser respetado o invadido. En una sociedad ideal sería apenas lógico que las instituciones educativas de todos los estratos económicos impartieran lecciones acerca del balance entre los deseos del individuo y los de la comunidad, sin mencionar el buen manejo de los entornos naturales y artificiales que son habitados.

El respeto por el espacio del otro y la propiedad pública y privada se vuelve fundamento de la misma exploración. Al hablar del otro, no sólo se hace referencia a las personas alrededor del individuo, sino también a los seres vivos (animales y plantas) que cohabitan el espacio. Es posible adquirir hábitos corporales que determinen la forma en que se vive y la manera como el individuo se relaciona con su entorno local y personal. Una doble consciencia, como individuo y como comunidad, puede ayudar a regular los niveles de egoísmo y la intolerancia de las sociedades contemporáneas.

Aunque el trabajo realizado durante los laboratorios con énfasis en acciones corporales parte de recursos como la música, el teatro, la danza, el video, el sonido, las acciones plásticas, la cotidianidad —cocinar, lavar, limpiar, trabajar, asearse, descansar—, siempre tienen en mente la relación del individuo con el otro y con lo otro.

Este es el caso del Laboratorio Procesos de Memoria, Espacio y Territorio (Atlántico), a cargo de Javier Mejía y Edwin Jimeno, del Colectivo Capirote, que ha realizado desde 2006 ejercicios que involucran el cuerpo como medio de expresión artística. Allí, las diferentes expresiones propias de los participantes se aprovecharon en actividades que, por lo general, terminaban en presentaciones al aire libre, algo propio de la costa, donde todo tiene un espíritu de informalidad que hace única la experiencia coexistida.

En 2013 inició El Cuerpo Habla, a cargo de Edwin Jimeno, preguntando por la consciencia del cuerpo y su relación con la ciudad y el paisaje. Con ejercicios de reflexión mental y corporal se buscó dar sentido a cada movimiento y una razón de ser a cada acción decidida y tomada.

Como una respuesta a este trabajo, el colectivo llevó a cabo, en 2014, una exposición llamada Cuerpo y Territorio, en el municipio de Santo Tomás (Atlántico). La experiencia venía de la versión del año anterior, cuando el mismo laboratorio ayudó a reflexionar, desde el cuerpo y con el cuerpo, sobre acontecimientos violentos que someten a la sociedad. A partir de las relaciones de poder que se dan en la vida cotidiana, y de la relación del cuerpo con el paisaje natural y urbano, un grupo de artistas de la región realizó acciones con el cuerpo y desde el cuerpo.

La intención de estos laboratorios fue propiciar una búsqueda de la comunicación no verbal, expresada a través del cuerpo cuando es “cegado o acallado, o cuando es sometido al dolor o, en otros casos, cuando es rechazado o excluido”. Así, los artistas, desde diferentes técnicas, involucran el cuerpo como soporte o eje de su reflexión, una reflexión donde “es necesario acallar las palabras para que pueda hablar el cuerpo”.

Sin embargo, “¿cómo hacer conciencia del cuerpo, en medio de una sociedad contemporánea que se aleja de las relaciones sensibles, ahonda más a unas relaciones mediadas por la tecnología y día a día enfrenta conflictos de bio-poder?”. Dentro de su búsqueda de sentido, el colectivo reflexiona acerca del efecto que produce el uso desmedido de la tecnología en las relaciones interpersonales, y así motiva a producir acciones que involucren la materialidad y gestualidad del cuerpo como parte de una sana comunicación cotidiana.

El Laboratorio Espacio y Cuerpo, realizado desde 2009 hasta 2013 en Quibdó e Istmina (Chocó), también ha transitado por planteamientos que, ligados a la materia, cuestionan los lugares comunes del comportamiento social. Respecto al proceso creativo, Paula Agudelo, coordinadora del proyecto, cuenta que los participantes en cada performance aprendían poco a poco a expresar la idea sin tener que decirla en palabras: “Es como aprender a leer, transformando la pena de estar en un lugar público, en capacidad de experimentar e imaginar con el cuerpo”.

Otro aspecto interesante de este laboratorio es el intento de acercar el aula de clase a la cotidianidad. La propuesta mezcla los espacios educativos con el juego, la exploración y otros métodos de aprendizaje corporales propios de la niñez, que facilitan la asimilación del conocimiento a través de la experiencia vivida. Se trata de poner en juego maneras de hacer de los niños que están conectadas con el medio, así se conjuga la experiencia de ser niños con la de la propia cultura.
La intención de ver el cuerpo a través de la mirada infantil involucró a profesores y estudiantes en un mismo espacio de trabajo, donde los primeros pensaron como niños y los segundos reconocieron una capacidad de sorpresa y disposición que los hace más jóvenes y dinámicos.
Desde 2007, el Colectivo Maldeojo trabajó con la población de San Basilio de Palenque y otras comunidades afrodescendientes radicadas en la región de Bolívar Medio (San Jacinto, Mompós, El Banco) y el Sur de Bolívar (Montes de María, San Pablo y la Mohana). Para Rafael Ortiz, integrante del colectivo y coordinador de este laboratorio, uno de los ejercicios más significativos que cabría dentro del enfoque corporal y espacial fue la creación de una bandera unipersonal, desarrollada por cada participante en Palenque donde es reciente la creación de la bandera como símbolo. Si una bandera es un símbolo que caracteriza y diferencia, Rafael Ortiz se pregunta “¿una BANDERA UNIPERSONAL qué puede ser?”, y dice: puede ser una señal, una motivación, un acertijo, una oportunidad de referirse a sí mismo de manera personal. “El sentido del yo en Palenque es comunitario así que encontramos que el ejercicio —personal— es la manifestación de la psiquis colectiva”.

Aunque esta no es una acción totalmente insertada dentro del trabajo con el cuerpo, en el sentido de que implica sobre todo un trabajo mental y manual, existe una identificación del cuerpo como territorio. El símbolo de la bandera se convierte en un detonante de consciencia acerca del espacio que habita el organismo físico y su área circundante.

Oscar Cortés, durante el Laboratorio Meeting Meetings, en la Isla de Providencia, en 2011, ideó una metodología que proponía al participante mostrarse desde su cotidianidad y resaltar los elementos que podrían hacer de cada acción mundana una acción plástica. Es por esto que la intención iba más allá de finalizar productos artísticos, se trataba más bien de reconocer a los hacedores, a los artistas. Los participantes exhibieron en la socialización final fragmentos de sus estudios, de sus lugares de trabajo, de sus actividades diarias, que reflejaban, todos ellos, procesos reales y cotidianos. El cuaderno de apuntes de Luis Howard, uno de los pintores más reconocidos de la isla, fue una de las piezas más interesantes de la muestra, pues develaba la lógica detrás de las creaciones pictóricas del autor. Acciones de jardinería, cocina, y coleccionismo, en forma de instalación con objetos y registros en video, conformaron la exhibición.

La cotidianidad de la población establece la posibilidad o imposibilidad de las sesiones de trabajo. El clima, el transporte, las distancias, los horarios, la siesta, la vida religiosa y política, o la inasistencia por simple desinterés, además de ser factores determinantes para los laboratorios, hacen parte de los insumos de trabajo con los que cuentan los participantes para la creación de su proyecto personal.

Dentro del programa apareció la idea de realizar simultáneamente dos laboratorios en regiones pares, para acercar e intercambiar participantes entre ellas. Es el caso del proyecto Laboratorio Experimental de Performance (LEP), en Cundinamarca y Chocó, coordinado por Paola Correa en 2013 y 2014. Para hablar de diferentes problemáticas que afectan a ambos lugares se realizaron acciones insertas en el espacio público con enfoques críticos diversos sobre temas como la explotación del agua y la contaminación de las fuentes hídricas; la complejidad en torno a la identidad indígena, campesina o mestiza de sus pobladores; la inconformidad sobre la situación política y económica nacional que se proyecta en el municipio.

Estas inserciones en el espacio público intentaron crear cambios sociales y transformar “efímera y simbólicamente estas realidades”, por medio del enrarecimiento de lo cotidiano desde el arte. Con la exposición de las propuestas en lugares públicos de ambas regiones se “reformula (al arte) como una plataforma de expresión social desde el cuerpo, como metáfora de la condición humana alrededor de las situaciones, necesidades y problemáticas propias”.

En Quibdó e Istmina, el embarazo temprano, la interculturalidad, el medio ambiente y la salud fueron algunos de los temas tratados con el rigor de la acción plástica corporal. Además de las actividades descritas, sucedió un intercambio de saberes formulado desde la coordinación del laboratorio: un participante de cada región viajó a trabajar con el otro grupo. Según la visión de la coordinación, este tipo de dinámicas potencia las relaciones culturales del país en el ámbito de lo local como experiencia paradigmática para las prácticas artísticas contemporáneas, pues aporta nuevas perspectivas sobre “los procesos locales a partir de la propia sensibilidad y la experiencia sensorial de quienes compartieron sus pensamientos, modos de ser y de hacer en lugares distintos a los que habitan y reconocen”.

Circunnavegando por el Magdalena Medio, de Adriana Rojas Pretel, laboratorio realizado en San Vicente de Chucurí, Barrancabermeja y Gamarra, en 2010, reconoció el territorio por medio de la exploración y el registro. Allí, a partir de elementos de dibujo y grabado, se rescató la labor del expedicionario. El laboratorio, por esta condición expedicionaria, abordó el tema del territorio entendido desde los recorridos que se hacen con el cuerpo, que se convirtieron en acciones que requerían la intervención de espacios naturales.
Cuerpos Pensantes, Acciones Caminantes, proyecto que da continuidad al trabajo de Rojas Pretel, en 2011, revive espacios cargados históricamente, como la casa de Geo Van Lenguerke. En este laboratorio, llevado a cabo en Gamarra y San Vicente de Chucurí, en 2011, se tuvo en cuenta la formación del paisaje a través de la experiencia del recorrido. El laboratorio estuvo encaminado a diferentes acciones y registró en video los espacios naturales visitados durante las diferentes salidas: “realizamos intervenciones en el Parque los Yariguíes desde el levantamiento de menhires de los pueblos paleolíticos y la construcción de estructuras desde la experiencia corporal y grupal”. Estas acciones recurren a la observación del entorno como guía de trayecto, ubicando rutas que son comunes para los habitantes de los pueblos para reconocer su propio territorio como espacio de intervención y exhibición.

Por su parte, la Escuela Móvil de Saberes, laboratorio coordinado por Wilson Díaz, Ana María Millán, Andrés Sandoval, Claudia Patricia Sarria, usó la tradición y la memoria para generar conciencia acerca del individuo, las diferencias y similitudes del cuerpo propio y ajeno, y su valor. Durante 2009, en Puerto Tejada (Chocó), el colectivo realizó un trabajo con esgrimistas de machete, actividad tradicional de la región, que se relaciona con la danza, la tradición —en su paradójico cambio constante—, los límites del individuo y el cuerpo modificado. Además, se revisaron varias actividades autóctonas como la cocina o el cacharreo (vendedores ambulante de frutas y verduras), entre otras de las labores que hacen parte del contenido social del lugar:

plátano, maíz o frutas
para ganarse la vida.

Primero llegan a la finca
a recoger la cosecha
fruta verde no se toca
la que aprovechan es jecha.

Se entretienen en su oficio
sin importarles la fecha
se les nota muy contentos
recogiendo la cosecha.Un tema para tratar
y que diariamente veo
conoceremos un poco
del llamado cacharreo.

De este trabajo señores
muchos se han beneficiado
y sin embargo persisten
en mantenerlo ignorado.

Esta gente se rebusca
vendiendo en la galería

El cuerpo aprende a sobrevivir en el entorno a través de las experiencias sensoriales. Para los laboratorios el cuerpo es un sistema bien diseñado que evoluciona para ubicarse temporal y espacialmente dentro de un contexto social donde se refleja en las experiencias de otros y entiende, entre otras cosas, que la vida tiene un comienzo y un final.

La construcción de diálogos y discursos estéticos que nos hacen sentir vivos, evidencian y denuncian situaciones —de placer y dolor— que son afrontadas por muchos, y que nos hacen tomar consciencia de nuestra mortalidad, dice Edwin Jimeno en la invitación al laboratorio de mediación-creación El Cuerpo Habla.

Los laboratorios apuntan a modificar la idea negativa de la muerte —relacionada en el contexto nacional con la violencia—. Aunque suene paradójico, la conciencia del momento de la muerte puede mostrar un panorama más amplio de la vida, pues las acciones que se realizan en el presente repercuten en las generaciones futuras.

El espacio que los laboratorios corporales han gestado abre el campo hacia la inclusión de actividades propias de las regiones, lo cual, más allá de ubicarlas en el ámbito de lo contemporáneo, permite que los gestos culturales y cotidianos permeen la modalidad artística del performance y viceversa. Esta es una manera de pensarse como artista en cada momento y de entender que el arte y la vida son dos conceptos esencialmente inseparables.

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