Después de 188

Dentro de los lineamientos con los que se dio inicio, hace 10 años, al programa de Laboratorios de Artes Visuales, se entienden estos espacios como un componente de formación del Plan Nacional para las Artes del Ministerio de Cultura. Para el cumplimiento de este objetivo inicial se reconoce y apoya “la creación de conocimiento y al conocimiento como creación”, en busca de la multiplicación de los saberes y experiencias sensibles que parten desde lo individual para proyectarse hacia lo colectivo.

Para esta investigación ha sido evidente que, durante la trayectoria del programa de los Laboratorios de Artes Visuales, cada uno de los procesos llevados a cabo en las regiones contiene un poco de todos los ejes de estudio planteados, como formas de creación que se relevan y mutan.

En este sentido es posible pensar que parte de la enunciación de cada laboratorio nace de la premisa de que estas temáticas son el sustrato general que los alimenta como líneas transversales de estudio. El sonido, el territorio, la pedagogía, los saberes propios, el cuerpo, el lenguaje plástico, la fotografía, el video, la movilidad, la gestión y los procesos de visibilización están presentes en todos los laboratorios de una u otra forma.

La creación como definición, desde una política del arte, otorga a la experiencia sensible la posibilidad de la simbiosis de estas formas de saberes. Por ejemplo, el sonido como estado primigenio de percepción, de escucha, de transmisión de sabiduría ancestral e incluso como proceso plástico que construye otras ideas de paisajes en las regiones, es un eje que se manifiesta en todos y cada uno de los laboratorios y que cada vez toma mayor fuerza, como en el caso de los laboratorios en el Eje Cafetero, donde el sonido se presenta como un medio de asimilación del entorno, fundamental para el reconocimiento territorial.

Desde el acto primigenio de la escucha, hasta los complejos procesos de exhibición que unifican textos culturales con miradas transversales, los laboratorios han trabajado constantemente en el reconocimiento de la diversidad de prácticas culturales que construyen, simbolizan y resignifican lo social y lo político en las regiones de Colombia a donde ha llegado este programa.

Esto ha permitido que la presencia y la ejecución del programa fortalezca procesos conducentes a restablecer actos de ciudadanía y apropiación del territorio, en regiones donde se han presentado fracturas especialmente fuertes por el conflicto armado, por procesos de colonización de diferente índole o por la explotación desmedida de recursos naturales.

En este sentido, cualquier tipo de práctica artística permite articular procesos de significación simbólica, punto de partida de cada uno de los laboratorios desde el momento de la elaboración de las propuestas, pues todos tienen entre sus objetivos principales el entender el contexto de las regiones a las que se dirigen.

Al avanzar en la investigación y realizar entrevistas a algunos de los laboratoristas se hizo evidente la distancia que separa la formulación de la propuesta específica para los sitios escogidos y la realidad local percibida durante el primer encuentro directo. Ellos manifiestan que es necesario tener una preparación previa sobre las realidades concretas de cada contexto, incluso antes de la realización de los laboratorios, y es común encontrar ajustes en las metodologías y discursos a medida que avanzan las experiencias y las expectativas se van transformando.

Las costumbres y prácticas cotidianas de las regiones, y los complejos tejidos y formas de ejecución de las instituciones presentes en los territorios, fueron tenidos en cuenta por los laboratoristas para poder implementar las estrategias de participación y visibilidad evidenciadas en las actividades, arrojando, en muchos casos, formas de autogestión que permitieron a los participantes mayor autonomía y coherencia con sus propuestas, más allá del apoyo que las instituciones deberían prestar en los departamentos.

La autonomía que se ha ido generando en los Laboratorios de Artes Visuales, ha permitido que muchos de ellos encuentren dinámicas propias para sus procesos. Así, diversas formas de circulación, como publicaciones independientes, museos itinerantes, maletas de exhibición, pechakuchas, ferias de artes y oficios, entre otros, se han convertido en los movimientos y latencias propias de estos procesos que encuentran en este tipo de eventos, su nicho específico de interacción.

En el caso de los laboratorios con enfoques pedagógicos, esta autonomía ha estado presente y se ha implementado desde la lógica misma de la movilidad de saberes, encaminados hacia lo intangible. Como hemos visto, la transmisión de saberes no puede ser cuantificable, pues como los mismos laboratoristas manifiestan, son semillas que se siembran en un colectivo y que posteriormente harán las veces de multiplicadores de conocimientos.

El territorio es la línea que cruza todos los laboratorios, el simple hecho de pensar el lugar en relación con el contexto político y social, hace que las propuestas se piensen en el acto de habitar dentro de una lógica sensible. Cada acción que se toma, cada discurso articulado parte desde el contexto de la locación. Sin embargo, la ruta tomada por la investigación obligó a crear propuestas que específicamente trabajan sobre las acciones y el lugar, con un acercamiento desde la mirada, el recorrido y la identidad en el territorio.

Procesos como el de los Laboratorios El Uso Del Mundo (2009) y La Visión Del Mundo (2010), en Valledupar, a cargo de Humberto Junca Casas, aunque piensan el territorio observando las costumbres y la forma de hacer propias de la región, no quedaron circunscritos al eje de territorio pues el quehacer mismo permitía pensarlos dentro de otros ejes que centran su mirada en estas especificidades.

En un país como Colombia, el territorio es un tema sensible que atraviesa las complejas relaciones de sus habitantes con el espacio. La riqueza y la diversidad han sido foco de constantes disputas, conflictos, desplazamientos y procesos de invisibilidad que ocultan las verdaderas problemáticas a las que sus habitantes se ven enfrentados en su entorno.

Los Laboratorios de Artes Visuales, en zonas como el Caribe, el Pacífico, el Archipiélago de San Andrés, o la Amazonía y Meta, han procurado ser parte activa, cohesionar y dar voz a los habitantes de estas zonas fuertemente lastimadas. Sin embargo, estos procesos enriquecedores para los habitantes de estas regiones aún requieren un esfuerzo superior para que no se queden en las buenas intenciones y se transformen e integren en la cotidianidad, en las rutinas de los habitantes de las regiones donde se llevan a cabo los laboratorios. Además, es indispensable favorecer la continuidad de estos espacios que incentivan constantemente procesos de creación y experiencias desde lo sensible, sin la necesidad de que agentes exteriores lleguen a impartir un conocimiento una vez al año.

Esta preocupación ha estado presente en los laboratoristas, los participantes, y hasta en el mismo Ministerio de Cultura, como una cuestión imperante para encontrar nichos que permitan cultivar las semillas sembradas para multiplicar los saberes explorados en estas zonas carentes de espacios e instituciones especializadas. Algunas veces la realidad en estas regiones alejadas y de extrema necesidad desplaza lo sensible y deja por resolver solo lo inmediato y cotidiano, es por eso que los actores involucrados en los laboratorios aún se preguntan cuál es el papel que pueden jugar los Laboratorios de Artes Visuales respecto a la supervivencia, en lugares específicos, para articular sus propios procesos artísticos.

Nosotros, como investigadores, siempre sentimos que algo se escapa de los documentos y memorias que son parte de los archivos del Ministerio de Cultura. En algunos momentos especulamos que los formatos eran la razón, en otros momentos que eran la manera de hacer los registros. Con el paso del tiempo entendimos que la experiencia misma no puede ser reducida a modelos cuantificables.

Encontramos que para amplificar las potencias internas que se escapaban de los formatos y los informes teníamos que remitirnos a quienes fueron los protagonistas. En este punto, un universo muy amplio se abrió ante nuestros ojos, la trama compleja de relaciones en las que, en muchos casos, la palabra escrita no es suficiente, se hizo manifiesta. La figura del artista como operador de sentido se encarna al momento de escuchar de primera mano las experiencias, las anécdotas, las necesidades, las quejas, los reclamos y las sugerencias.

En esta interacción fue donde encontramos los conectores acertados para enunciar cada uno de los ejes, las teorías, las premisas sensibles, las aleatoriedades corroboradas en la interacción directa con los laboratoristas que habían construido cada uno de estos ejes, unos más complejos que otros, unos más cotidianos que otros.

El carácter de esta investigación se dio desde la reconfiguración de lo sensible, pensando los saberes desde lo conceptual y lo formal, por eso es frecuente que cada eje trate de dar razón de los marcos teóricos que fundamentan una mirada común como un acto político propio del arte. Cada eje trata de visibilizar procesos, creando disensos sobre las múltiples manifestaciones sociales y estéticas, en lo cotidiano y lo cosmogónico, desde lo concreto hasta lo abstracto.

Desde que conocimos el programa de los Laboratorios de Artes Visuales sabíamos que existía una intención de integrarlos a los Salones Regionales y posteriormente los Salones Nacionales. Sin embargo, durante la investigación se hizo notorio que cada uno funciona de manera autónoma encontrando dispositivos propios de enunciación.

Creemos que la premisa de involucrar los laboratorios con propuestas para ser visibilizadas no se ha manifestado como se esperaba, pero —para sorpresa de todos— los laboratorios han tomado un rumbo diferente, en estrecha relación con las preocupaciones de los participantes y las regiones, vinculándose a procesos propios que incluso se ajustan con mayor precisión a las necesidades y proyecciones de sus beneficiarios. Valdría la pena ampliar un poco sobre esta relación, pues fue muy poca la información que encontramos con relación a estos procesos de circulación, e incluso algunos laboratoristas la desconocían.

Una enseñanza que queda del trabajo realizado es que cada lugar tiene condiciones diferentes. Los lugares atienden a distintas condiciones climáticas, interpersonales y espaciales que modifican los horarios, los tiempos, las locaciones de trabajo. De igual manera ocurre con las personas que asisten a los laboratorios. Por esta razón hay que pensar de dónde viene cada integrante del grupo, involucrando sus vivencias como niño, joven y adulto, sus experiencias como individuo que hace parte de una sociedad, su trabajo como artista, gestor o neófito, su intuición, su pensamiento crítico, sus habilidades intelectuales y físicas, sus formas de aprender y conocer el entorno, los conocimientos adquiridos en instituciones o percibidos por el sentido común.

Por una parte, se evidencia la necesidad de generar lazos, tanto de trabajo como afectivos, con los diferentes entes que trabajan en los laboratorios, pues estos son espacios de investigación y creación que no solo intentan fortalecer la actividad artística regional, sino que quieren involucrar el trabajo de los artistas coordinadores, crear experiencias con ellos y generar conexiones temáticas, estilísticas, conceptuales y formales entre su trabajo plástico personal y las actividades realizadas durante los laboratorios. Muchas veces, a partir de actividades colectivas realizadas durante las sesiones, se encuentran ideas y conceptos que refuerzan los procesos artísticos de quienes diseñan y ejecutan los laboratorios, actuando a manera retroalimentación.

Por otra parte, pese al esfuerzos por superar una mirada centralista hacia la periferia, notamos que, inconscientemente, aún existe una mirada “colonial”, a la que se ven enfrentados los agentes que hacen parte de los laboratorios. Si bien es cierto que para ser colonizado es necesario querer serlo, algunos laboratorios, en su enunciación, parten de la condición de un arte occidental, y sus discursos y sus formas de hacer, de algún modo, desconocen los procederes que son propios a los saberes y las maneras de comprender el mundo sensible desde lo local e incluso lo ancestral. Por ejemplo, varios laboratorios desarrollados en zonas que tienen fuerte presencia de etnias indígenas se han visto influenciados por discursos de prácticas artísticas desde las convenciones del arte. Este es un punto neurálgico que valdría la pena profundizar, pues no existe una idea clara de los límites donde los procesos pedagógicos y las inserciones de formas del hacer son enriquecedores y donde desplazan el intento por reconocer y fortalecer los lenguajes particulares y singulares de dichos entornos. Es preciso modificar la mirada buscando puntos de encuentro y divergencia entre estos ámbitos, el tradicional y el académico, para darle a cada uno su espacio de reflexión e importancia.

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