UN SALÓN HORIZONTAL
Por Rafael Ortiz*
El Salón Nacional de Artistas, la manifestación artística moderna de más larga trayectoria en el país, se conserva como una tradición viva y actual por su capacidad de redefinirse continuamente al responder a las transformaciones de las prácticas artísticas y a los desarrollos de la democracia y la descentralización en la política cultural. El evento de mayor trayectoria en la escena del arte en Colombia cumple 70 años de existencia en el 2010.
El entonces Ministro de Educación Jorge Eliécer Gaitán iniciaba en los años 40 del siglo XX, de forma definitiva e institucionalizada, la trayectoria de los salones colombianos tomando como ejemplo los grandes salones de arte europeos.
El Salón Anual, como en aquella época se le llamó, fue el escenario para la generación de los modernos de los años 50, permitiendo el desarrollo en Colombia de las vanguardias que hacían furor en Europa a finales del siglo XIX e inicios del XX.
El evento fue durante mucho tiempo un espacio deseable al desarrollo de la obra de un artista y su posterior legitimación en el ámbito cultural; espacio para la visibilidad, la crítica y el intercambio con el medio artístico dispuesto a tomar riesgos a favor de la evolución del arte.
Desde los años 50 una generación de artistas del Caribe desarrolló un movimiento acorde al espíritu moderno y algunos de ellos tuvieron fuerte presencia en los Salones Nacionales, entre ellos cabe mencionar artistas de la calidad de Enrique Grau, Alejandro Obregón, Cecilia Porras y Álvaro Barrios, quien, como anécdota, ganó un tercer puesto y lo rechazó al no estar de acuerdo con las políticas de Colcultura.
Más recientemente a partir de los 80 conocemos la obra luminosa en pintura de Bibiana Vélez y desde hace años la permanente búsqueda de Delcy Morelos, en cuya obra dibujo y pintura, cargados de furor, yacen contenidas bajo estructuras sencillas y sugerentes.
Ahora, si entendemos el Caribe como una franja geográfica que bordea el norte de Colombia, entonces cabe mencionar el trabajo del grupo Maldeojo, compuesto por artistas y docentes, que ha desarrollado continuas actividades en la región dirigidas al fomento de las prácticas artísticas. El equipo de artistas y docentes se conformó con la formulación del proyecto de investigación curatorial de los 12 Salones Regionales de Artistas de la zona Costa Caribe en 2007.
Una propuesta artística que motivó una exploración de la región, desarrollando capacidad en diferentes frentes de acción: emprendimiento en lo formativo y lo académico, procesos de inclusión de poblaciones y comunidades quienes normalmente están por fuera del circuito artístico y rescate de expresiones populares que colindan con el arte.
Actualmente, Maldeojo desarrolla, gracias al apoyo del Ministerio de Cultura, los comités regionales de artes visuales y las entidades vinculadas, el 42 Salón Nacional de Artistas el cual, en su versión 2010 – 2011 lleva el nombre de IndependienteMente con una propuesta ambiciosa y atenta a la complejidad que busca involucrar a Santa Marta, Barranquilla y Cartagena, y generar acciones en los diferentes departamentos y algunos municipios de la región.
Arte y territorio
El 41 Salón Nacional realizado en Cali trajo consigo una serie de preguntas interesantes con respecto al evento nacional que abrió sus puertas al arte internacional y un modelo un tanto ajustado al cual se acomodaron las regiones. Comenzando el 2008, el grupo Maldeojo debatió aspectos relacionados con el modelo de Salón y cómo podría verse un programa de esta naturaleza en la diversidad del Caribe, tratando de entender cómo el Salón sería marcado por las condiciones locales.
Para ello fueron necesarias las lecturas de contexto y hacernos preguntas que responden al imaginario: ¿Quién recuerda que Jamaica colinda hacia el norte con Colombia?, ¿Qué gran parte de la inmigración de inicios y mediados de siglo XX llegó al país por Puerto Colombia, generando una amalgama de culturas que iniciaron el desarrollo y la modernidad? Cuando se habla de la Región Caribe se habla de manifestaciones culturales, de mestizaje y de una idiosincrasia generada por las condiciones ambientales, geográficas e históricas que la caracterizan.
El Salón Nacional de Artistas en su versión actual asume el Caribe colombiano como región de lugares donde cabría señalar las relaciones entre territorio y estética.
Es un punto de vista que nos permite revisar los flujos y trayectos que unen el país con el Caribe insular y la geografía continental, un pretexto para entender lo que somos al entrar en contacto con otros lugares y paisajes a través del enfoque de las artes visuales.
Actualmente, el Salón es más que un programa que permite el encuentro de los actores de las artes visuales en Colombia. Es también una propuesta que trasciende la Nación a través de dinámicas a escalas locales e internacionales, invitando a artistas extranjeros a explorar y desarrollar propuestas artísticas vinculadas al territorio y un desafío que se propone cotejar arte y artesanía si pensamos en algunas comunidades arraigadas a la cultura del Caribe.
Este componente internacional del 42 SNA, denominado Zona Franca, se convierte en una apuesta fuerte del Salón para poner en escena el diálogo intercultural y la integración artística regional entre el Caribe insular, el Caribe continental y artistas de diferentes nacionalidades.
Lo horizontal
Cuando se habla de territorio desde las prácticas artísticas y de la diversidad de eventos que conforman el actual Salón, habría que pensar en relaciones, en relaciones con y desde el territorio. En ese juego de relaciones es deseable que se produzca un despliegue vital de nuevas formas de pensar y de construir el sentido de territorio, una mesa horizontal donde los diferentes actores entran en relación y generan creativamente mundos posibles que emergen sólo en la fecundidad de los encuentros.
George Yúdice en entrevista dada a Tristestópicos dice; “Si uno comienza ideologizado, afirmando que el arte es para esto, o que debe hacer esto o lo otro, entonces el arte terminará ajustándose a tales creencias, siendo justamente lo que uno tenía en mente.
Se trata más bien de permitir que se produzca una relación del artista con su medio o con otros artistas en colaboración para que de ahí surja alguna invención. Las obras que buscan poner en operación una ideología por lo general no generan una revelación.
Cuando digo ‘ideológico’ no me refiero necesariamente a una finalidad política sino a una idea que luego se implementa, que se cree que se está llevando a cabo”. Consideramos, en consecuencia, que el Caribe se integra así como la plataforma geográfica que posibilita acontecimientos derivados del ejercicio del arte propuesto desde el arte en el contexto nacional, por qué no decirlo, el pensamiento artístico que proviene del exterior. Las fichas del dominó expuestas en desorden sobre la mesa que resaltan el paisaje, tanto natural como el de las relaciones sociales.
Consideramos que el Caribe se integra así como la plataforma geográfica donde las fichas del dominó yacen expuestas en desorden sobre la mesa, listas a invertirse para resaltar allí el paisaje, tanto natural como el de las relaciones sociales.
Bien lo dice Benítez Rojo: “Lo caribeño no es un centro o una raíz; es un rizoma que se desplaza en varias direcciones imprevistamente, una corriente marítima de varios ramales, o bien las trayectorias posibles de un huracán, que puede empezar como una tormenta tropical en las costas de África, organizarse a la altura de St. Thomas, cruzar sobre Puerto Rico y La Española, y tomar rumbo norte bordeando la Florida y amenazando a Nueva York”.
Independiente-Mente se configura a nivel conceptual desde el pensamiento archipélico de Édouard Glissant, quien señala al Caribe como lugar de un nuevo tipo de pensamiento que defiende lo transversal en lugar de lo universal. Lo universal es una sublimación de lo particular. Ha caducado esta perspectiva tradicional –‘continental’– según la cual mi manera de ser sería la única válida universalmente. El reconocimiento de la diferencia constituye el elemento principal de la relación en el mundo.
“El fuego fértil será siempre un fuego conjunto”, escribe el autor francés nacido en Martinica. El Caribe es un modelo rizomático, con múltiples raíces que permiten ir al encuentro de los demás, siendo así desde su condición geográfica como desde su peculiar forma de pensamiento, errático, criollizado y de fronteras porosas. Esa condición propia es la que facilita el encuentro de los otros, recogiendo iniciativas de afuera que entran en diálogo con lo local.
El litoral es, de suyo, intercultural, su forma de pensarse y de ser así lo confirman, y ese modo de ser-pensar quizás se vincula con la propia geografía. El carácter abierto, extrovertido y espontáneo no es un modelo calificativo y único de la cultura regional, en sí lo que se destaca es el prisma de las relaciones. La lectura del otro donde la visión que multiplica es esencial. Conceptos que a su vez fundamentan el sentido del actual modelo de salón horizontal.
*Miembro del Equipo Maldeojo

























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